Nos guste o no, este momento es todo cuanto tenemos para trabajar.
Las exigencias de la vida diaria, nos llevan a dejar de estar en contacto con nosotros mismos y con toda la gama de posibilidades que tenemos a nuestro alcance.
Para permitirnos estar verdaderamente en contacto con donde ya estamos, dondequiera que sea, tenemos que hacer una pausa en nuestra experiencia lo suficientemente larga como para permitir que el momento presente pueda penetrar en nosotros, para poder sentir verdaderamente el momento presente, verlo en su totalidad, sostenerlo en la conciencia y, de ese modo, llegar a conocerlo y comprenderlo mejor. Solo entonces podremos aceptar la verdad de ese momento de nuestra vida, aprender de él y seguir adelante.
Sin embargo, muy a menudo estamos preocupados por el pasado, por lo que ya ha ocurrido, o bien por el futuro que está por llegar. Buscamos algún otro lugar en el que estar con la esperanza de que allí las cosas serán mejores, más alegres, más como queremos que sean o como solían ser.
La mayor parte del tiempo somos sólo parcialmente conscientes de esta tensión interna, si es que lo somos. Es más, también somos sólo parcialmente conscientes, en el mejor de los casos, de lo que estamos haciendo exactamente en nuestra vida o con ella, y de los efectos que nuestras acciones y, más sutilmente, nuestros pensamientos tienen en lo que vemos y dejamos de ver, en lo que hacemos y dejamos de hacer.
De forma muy inconsciente, suponemos que lo que pensamos —las ideas y opiniones que tenemos en un momento determinado— son la verdad acerca de lo que hay ahí fuera, en el mundo, y aquí dentro, en nuestras mentes.
Sin embargo, la mayoría de las veces esto no es así.
Pagamos un precio muy alto por no tener en cuenta la riqueza de nuestros momentos presentes.
Puede que casi nunca estemos donde realmente estamos y en contacto con todas nuestras posibilidades. Por el contrario, nos encerramos en una ficción personal, según la cual ya sabemos quiénes somos, dónde estamos y a dónde nos dirigimos, ya sabemos qué está ocurriendo mientras permanecemos envueltos en un velo de pensamientos, fantasías e impulsos, la mayoría de ellos relacionados con el pasado y el futuro, con lo que deseamos y nos gusta y con lo que tememos y no nos gusta, que se prolongan continuamente y nos impiden ver en qué dirección vamos y el suelo que pisamos.
Estar en contacto con el no saber es lo que se llama atención plena (sé que no sé).
El trabajo que hay que hacer para despertar la consciencia es el trabajo de la meditación, el cultivo sistemático del estado despierto, de ser consciente del momento presente. Este despertar va acompañado de lo que podríamos denominar sabiduría, la capacidad de ver con mayor profundidad las causas, los efectos y la interconexión de las cosas.
La meditación consiste simplemente en ser nosotros mismos y tener un cierto conocimiento acerca de quiénes somos.
El esplendor del momento presente guarda relación con examinar quiénes somos y con cuestionar nuestra visión del mundo y el lugar que ocupamos en el mismo, así como con el hecho de cultivar la capacidad de apreciar la plenitud de cada momento que estamos vivos. Pero, ante todo, tiene que ver con el hecho de estar en contacto.
¿Qué es la atención plena?
Atención plena significa prestar atención de una manera determinada, de forma deliberada, en el momento presente y sin juzgar.
Este tipo de atención permite desarrollar una mayor conciencia, claridad y aceptación de la realidad del momento presente.
La atención plena requiere de esfuerzo y disciplina ya que la inconsciencia y nuestro comportamiento automático habituales son extremadamente tenaces.
También es un trabajo esclarecedor y liberador.
Esclarecedor en el sentido de que nos permite literalmente ver con mayor claridad y, por consiguiente, llegar a comprender con más profundidad aspectos de nuestra vida con los que no estábamos en contacto o que no estábamos dispuestos a mirar. Esto puede incluir el hecho de tener que afrontar emociones profundas — como tristeza, heridas, enfado y miedo — que quizá no nos solamos permitir sostener en la conciencia o expresar de manera consciente.
La atención plena también puede ayudarnos a apreciar sentimientos tales como la alegría, la tranquilidad y la felicidad, que suelen pasar de forma fugaz y sin ser reconocidos.
Es liberador en el sentido de que conduce a nuevas maneras de estar en nuestra propia piel y en el mundo, que pueden liberarnos de las pautas impuestas y autoimpuestas.
También es un trabajo que nos dota de poder, porque el hecho de prestar atención de este modo permite acceder a reservas muy profundas de creatividad, de inteligencia, de imaginación, de claridad, de determinación, de capacidad de elección y de sabiduría que tenemos en nuestro interior.